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Título: Rostro e identidad en la Bibla

Autor: Juan Calvín

 

Programa Talleres Breves 2019-2020

 

 

 

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Así fue el Taller Breve de este mes en Madrid
23-04-2013

El pasado sábado 20, pudimos gozar de uno de los Talleres Breves más amenos del año, no solo por el buen ambiente general sino también por el buen humor y saber hacer de nuestro ponente, Fernando Rivas, profesor de Cristianismo Primitivo y Patrología en la UPCO. Con un estilo muy llevadero y fácil de seguir, a base de pizarra y esquemas garabateados, Fernando hizo un extenso recorrido por la formación de aquello que llamamos la Gran Iglesia en el siglo II, es decir, la iglesia a partir de la cual se desarrollaría la tradición cristiana, ella misma tan plural como aquellas corrientes que le dieron origen.


Fernando organizó su exposición en tres bloques: ministerios o roles, ritos o sacramentos y creencias compartidas. Fue el primer bloque el que se nos llevó más tiempo, y en él pudimos ver cómo se fueron perfilando las figuras de los diáconos (“servidores”) y presbíteros (“ancianos”), estos últimos con un fuerte sentido colegial. A estas dos figuras cabe unir la del obispo (episkopos en griego, “supervisor”), el cual ejercía una función de presidencia de la asamblea cristiana y de la eucaristía o santa cena. Así como los presbíteros están ligados a comunidades de carácter judaico en los primeros años, los obispos parecen tener lazos más helenísticos, por bien que con el tiempo será la figura del obispo la que irá concentrando autoridad. Vimos también, especialmente a través de textos como la Didajé (c. 90), cómo en este período aquellos ministerios más itinerantes (profetas en particular, pero también apóstoles) se van asentando, generando algunas tensiones con los ministerios anteriormente citados, de carácter más estable. Un salto cualitativo se produce de la mano de Ignacio de Antioquía, que sobre el año 110 propuso la figura del obispo monárquicos (un obispo por comunidad, que no por ciudad), modelo que será el que triunfará y el que a la larga definirá las iglesias católicas (universales) en la época. Vimos que este modelo reproducía la “imagen simbólica” del poder del Imperio Romano, a la cúspide de la cual se halla el emperador. A esto, venía a sumarse la cuestión de la sucesión apostólica en cuanto a los obispos. Con este cuadro, pues, fuimos conscientes de cómo fueron evolucionaron los ministerios, así como de las situaciones a las que respondían y las fricciones que originaron.


Nuestro segundo bloque exploró la cuestión del bautismo, la eucaristía y la penitencia, entendidos como tres momentos básicos en la identidad social de grupo: el rito de iniciación (bautismo), de pertenencia (eucaristía) y en su caso, de exclusión (penitencia). Partimos aquí de un rápido repaso del rito del bautismo en el mundo mediterráneo (especial referencia a los cultos mistéricos) y a la cualidad purificadora en el mundo judío. Vimos también el proceso catecumenal que acompañaba a la preparación para el bautismo (que reproduce a pequeña escala la muerte y resurrección de Jesús), e incluso distintos modelos catecumenales, pues algunas comunidades, después de un catecumenado básico y del bautismo, elaboraron un catecumenado de perfil más mistagógico, para profundizar el horizonte de fe del recién bautizado. De la misma forma, abordamos la génesis y evolución de la santa cena, atentos tanto a la matiz judía que expresa como a la necesidad de diferenciación con la que se hallaron las comunidades cristianas, en un proceso, muy variado, que no culmina hasta más o menos el año 150. Igualmente, tomamos nota de la raíz judía de la liturgia u orden de culto de los primeros cristianos, adaptado en gran medida de la así llamada “liturgia de la Palabra” de las sinagogas. En cuanto al ritual de exclusión (penitencia) vimos las distintas fórmulas que se fueron presentando en los primeros siglos (desde la exclusión directa de la comunidad por pecado grave a la posibilidad de una segunda y definitiva penitencia patrocinada por el Pastor de Hermas), fórmulas que tuvieron que adaptarse a la realidad de la apostasía ante las persecuciones, sobre todo en el siglo III. Aquí la Gran Iglesia optó por una segunda penitencia, pero enfatizando la inflexibilidad de la misma, pues podían llegar a durar hasta 30 años.

 


Nuestro último bloque, centrado en la evolución de las fórmulas de fe y los credos, tuvo que ser necesariamente breve y sintético, pues entre exposición y preguntas, el tiempo se nos acabó yendo. Por eso, vimos muy sucintamente el surgimiento del Credo Niceno-Constantinopolitano y el Apostólico.

 

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Bibliografía:
- R. Aguirre, Así empezó el cristianismo (EVD, 2010)
- F. Rivas, Qué se sabe de la vida cotidiana de los primeros cristianos (EVD, 2010)
- J. L. González, Historia del Cristianismo¸ Vol. 1 (UNLIT, 2003)
- www.origenesdelcristianismo.com